martes, 24 de mayo de 2011

Día de la Fealdad.

Hoy soy una mujer de cabellos cortos, medios rojizos, camino, vivo.
Tengo los ojos bien abiertos, el sol quema mi frente y yo con el ceño fruncido me siento agotada, mis suelas de los tennis parecen no consolarme, hay tanto ruido, la gente apretada, de repente estoy leyendo un libro que lleva una narrativa hasta cierto punto entendible, y de la nada comienza a hablar de extremidades, no entiendo, al lado de mi se sienta una mujer que me aplasta con su brazo y su jugo de uva me llega hasta las narices. Todos gritan, como si quisieran escupir sus tripas, mi cara de desagrado ya es muy obvia a estas alturas, solo quiero bajarme de este transporte que te golpea la espalda, no parece importarle nada.
Las calles se hacen largas, y mientras veo la banqueta pareciera que las frases perfectamente estructuradas se acomodan en mi cabeza, como si martillaran y desordenaran mi carente cantidad de prudencia mental.
Ya estoy observando a todos lados, camino de prisa y veo a tanta gente, todas las personas están tan feas, como si sus problemas estuvieran saltando de sus cuerpos y se reflejaran en su piel y sus rostros desacomodados te muestren el desagrado del peso que cargan, no sé por que parece que están contra mí, y la cuadra se sigue estirando, mi mano suda, la consciento poniéndola en los arbustos chaparros que están al lado de mí, mientras sientos sus hojas sonrío, esa parte del camino se me hace veloz, se termina el verde y comienza a abrirse el suelo, hay tanta basura...
Llevo mi brazo hacia la cabeza, jalo mi pelo atrás de mi oreja de manera nerviosa, se que falta un buen tramo de camino, seguiré...
Cierro los ojos y estoy en mi casa, mi piel no se queja de la colcha, encojo mis rodillas, me siento como si me acabara de tomar una limonada bien fría, él único rostro que me parece bonito es el de mi mamá.
Abrázame.

martes, 10 de mayo de 2011

Día Libro.

(Página 168 - 169)

Y en este punto me abrazó de repente, como una aguda llama, la revelación definitiva: todo hombre tenía una ''misión'', pero ninguno podía elegir la suya, delimitarla y administrarla a su capricho. Era equivocado querer nuevos dioses, era completamente equivocado querer dar algo al mundo. Para el hombre despierto no había más que un deber: buscarse a sí mismo, afirmarse en sí mismo y tantear, hacia adelante siempre, su propio camino, sin cuidarse del fin al que pueda conducirlo. Este descubrimiento me conmovió hondamente, y tal fué para mí el fruto de todo este suceso. Muchas veces había jugado con imágenes del futuro y había ensoñado los destinos que me estaban reservados, como poeta quizá o quizá como profeta, como pintor o como quién sabe qué. Y todo esto era equivocado. Yo no existía para hacer versos, para predicar o para pintar. Ni yo ni ningún otro hombre existíamos para eso. Todo ello era secundario. El verdadero oficio de cada uno era tan sólo llegar hasta sí mismo. Luego podía terminar como poeta o en loco, en profeta o en criminal. Eso era cosa suya, y, además en último término, carecía de todo alcance. Su misión era encontar su destino propio, no uno cualquiera, y vivirlo por eterno hasta el final. Toda cosa era quedarse a mitad del camino, era retroceder o refugiarse en el ideal de la colectividad, era adaptación y miedo a la propia individualidad interior. Esta nueva imagen se alzó claramente ante mí, terrible y sagrada, mil veces vislumbrada, quizá expresada ya alguna vez, pero sólo ahora vivida. Yo era un impulso de la Naturaleza, un impulso hacia lo incierto, quizá hacia lo nuevo, quizá hacia nada, y mi oficio era tan sólo dejar de actuar este impulso, nacido en las profundidades primordiales, sentir en mí su voluntad y hacerlo mío por entero.
Esto, y sólo esto, era mi oficio.

''Demian''  - Hermann Hesse