martes, 10 de mayo de 2011

Día Libro.

(Página 168 - 169)

Y en este punto me abrazó de repente, como una aguda llama, la revelación definitiva: todo hombre tenía una ''misión'', pero ninguno podía elegir la suya, delimitarla y administrarla a su capricho. Era equivocado querer nuevos dioses, era completamente equivocado querer dar algo al mundo. Para el hombre despierto no había más que un deber: buscarse a sí mismo, afirmarse en sí mismo y tantear, hacia adelante siempre, su propio camino, sin cuidarse del fin al que pueda conducirlo. Este descubrimiento me conmovió hondamente, y tal fué para mí el fruto de todo este suceso. Muchas veces había jugado con imágenes del futuro y había ensoñado los destinos que me estaban reservados, como poeta quizá o quizá como profeta, como pintor o como quién sabe qué. Y todo esto era equivocado. Yo no existía para hacer versos, para predicar o para pintar. Ni yo ni ningún otro hombre existíamos para eso. Todo ello era secundario. El verdadero oficio de cada uno era tan sólo llegar hasta sí mismo. Luego podía terminar como poeta o en loco, en profeta o en criminal. Eso era cosa suya, y, además en último término, carecía de todo alcance. Su misión era encontar su destino propio, no uno cualquiera, y vivirlo por eterno hasta el final. Toda cosa era quedarse a mitad del camino, era retroceder o refugiarse en el ideal de la colectividad, era adaptación y miedo a la propia individualidad interior. Esta nueva imagen se alzó claramente ante mí, terrible y sagrada, mil veces vislumbrada, quizá expresada ya alguna vez, pero sólo ahora vivida. Yo era un impulso de la Naturaleza, un impulso hacia lo incierto, quizá hacia lo nuevo, quizá hacia nada, y mi oficio era tan sólo dejar de actuar este impulso, nacido en las profundidades primordiales, sentir en mí su voluntad y hacerlo mío por entero.
Esto, y sólo esto, era mi oficio.

''Demian''  - Hermann Hesse

No hay comentarios:

Publicar un comentario