Hoy soy una mujer de cabellos cortos, medios rojizos, camino, vivo.
Tengo los ojos bien abiertos, el sol quema mi frente y yo con el ceño fruncido me siento agotada, mis suelas de los tennis parecen no consolarme, hay tanto ruido, la gente apretada, de repente estoy leyendo un libro que lleva una narrativa hasta cierto punto entendible, y de la nada comienza a hablar de extremidades, no entiendo, al lado de mi se sienta una mujer que me aplasta con su brazo y su jugo de uva me llega hasta las narices. Todos gritan, como si quisieran escupir sus tripas, mi cara de desagrado ya es muy obvia a estas alturas, solo quiero bajarme de este transporte que te golpea la espalda, no parece importarle nada.
Las calles se hacen largas, y mientras veo la banqueta pareciera que las frases perfectamente estructuradas se acomodan en mi cabeza, como si martillaran y desordenaran mi carente cantidad de prudencia mental.
Ya estoy observando a todos lados, camino de prisa y veo a tanta gente, todas las personas están tan feas, como si sus problemas estuvieran saltando de sus cuerpos y se reflejaran en su piel y sus rostros desacomodados te muestren el desagrado del peso que cargan, no sé por que parece que están contra mí, y la cuadra se sigue estirando, mi mano suda, la consciento poniéndola en los arbustos chaparros que están al lado de mí, mientras sientos sus hojas sonrío, esa parte del camino se me hace veloz, se termina el verde y comienza a abrirse el suelo, hay tanta basura...
Llevo mi brazo hacia la cabeza, jalo mi pelo atrás de mi oreja de manera nerviosa, se que falta un buen tramo de camino, seguiré...
Cierro los ojos y estoy en mi casa, mi piel no se queja de la colcha, encojo mis rodillas, me siento como si me acabara de tomar una limonada bien fría, él único rostro que me parece bonito es el de mi mamá.
Abrázame.
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